Shibari

 

El Shibari, es un arte marcial japonés con el que se reducía a los reos, después dependiendo de cual fuera el delito, se les ataba de una manera u otra para que sufrieran un poco más o menos o que la gente reconociera que habían hecho.

Debido a que el ser humano es un animal pervertido a la que se juntó el hecho que se podía atar a las amantes a alguien se le ocurrió la idea de juntar las dos cosas y esto se introdujo en las alcobas de las casas convirtiéndolo en algo muy sensual, juntamos en él el arte y la estética, la pasión y la energía, la caricia y la fuerza. Es decir, pura conexión entre el atador y la modelo.

Como atador explico lo que siento. No es lujuria, no es deseo, es algo diferente, es conexión, me convierto en la extensión de la modelo buscando que cada caricia le provoque algo, no acaricio sin sentido y no provoco por hacerlo. Me siento dentro de tu piel y tu respiración se convierte en la mía.

El abrazo, para mi imprescindible, unos segundos de silencio, mirándonos, conectándonos.

Acompasamos nuestra respiración para usar los dos la misma cadencia, nos acercamos y sincronizamos nuestra energía.

Después, nos debemos conocer, debemos saber hacia dónde nos van a llevar las cuerdas, un camino por escribir que solo se caminará una vez. Ya que nunca somos iguales, nunca estamos con la misma sensación dos veces, la vida es cambio y las cuerdas lo notan.

 Puede ser que hoy empiece atándote una venda en los ojos, o quizá hoy no, quiero que me mires a los ojos y me desafíes.

La inmovilización de las manos es casi automática, pero no sé nunca donde van, a la espalda, en el cuello, sobre el pecho… tu cuerpo me lo dice y yo le obedezco, controlo el ritmo, a veces marcado por la música, pero siempre por tu respiración, cuando suspiras me das pistas y yo las leo.

Me indicas que te gusta, tu piel se eriza al paso y la presión en tu piel con las cuerdas aumenta el riego y tus latidos.

Tu cara me busca y tus labios, a veces una caricia, a veces un beso a veces, nada… solo esperar.

Tras la espera una presión y un gemido más, una fugaz sensación que te calienta más.

Enredo tu cuerpo y lo resigo de arriba a abajo, lo cubro de yute, cáñamo o algodón vistiéndote y creando para ti un vestido único que puede que nunca veas como te queda, ya que si se hace bien, tienes los ojos cerrados centrándote en lo que sientes.

Te dejo unos segundos para que una vez vestida, te notes, te sientas, te entregues.

Empiezo a desnudarte, los roces de las cuerdas empiezan a zigzaguear por tu piel y tu vello se eriza al mismo tiempo. Los enredos se desenmarañan acariciando a cada pasada. Ocho metros de caricias seguidas pasan a cada cuerda y acaban de calentar músculos y alma. El roce sobre tus pezones es suave pero te lo haré intenso, sin prisa, nunca hay prisa. Centímetro a centímetro te haré sentir única y deseada. Mientras, tus ojos siguen cerrados y tus dedos buscan a tu atador. Un beso en la espalda puede hacer que sepas que estas protegida y segura.

Al caer la última cuerda busco tus manos, te las cojo con las mías. Y volvemos a enredarnos en otro abrazo.

Durante un instante te ofrezco todo de mí y tu todo de ti y nada existe más allá.

Perversamente vuestro

Dave Laciter.

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